Excerpt for Amalia. Tomo II by , available in its entirety at Smashwords

José Mármol

Amalia

Tomo Segundo

Libros Selectos

Edición Smashwords

Amalia. Tomo Segundo

José Mármol (1817-1871)

ISBN edición impresa: 978-1977544513

Este libro fue publicado en 1851 originalmente en idioma español

El copyright está vencido

Publicado por Libros Selectos, 2017

Índice

Nota del editor

EXPLICACION

PARTE TERCERA. (Continuación del Tomo I)

Capítulo XII. De cómo se leen cosas que no están escritas

Capítulo XIII. Cómo sacamos en limpio que D. Cándido Rodríguez se parecía a D. Juan Manuel Rosas

Capítulo XIV. Los dos amigos

Capítulo XV. Amalia en presencia de la policía

Capítulo XVI. Todos comprometidos

PARTE CUARTA

Capítulo I. El 16 de Agosto

Capítulo II. El gobernador delegado

Capítulo III. De cómo era y no era gobernador delegado Don Felipe

Capítulo IV. De cómo Don Felipe Arana explicaba los fenómenos del magnetismo

Capítulo V. Así fue

Capítulo VI. Sor Marta del Rosario

Capítulo VII. Cómo Don Cándido se decide á emigrar, y cuáles fueron las consecuencias de su primera tentativa

Capítulo VIII. La guardia de Lujan y Santos Lugares

Capítulo IX. Manuela Rosas

Capítulo X. Continuación del anterior

Capítulo XI. De cómo empezó para Daniel una aventura de Faublas

Capítulo XII. El despertar del cura Gaete

Capítulo XIII. La casa sola

Capítulo XIV. Aparición

Capítulo XV. El jefe de día

Capítulo XVI. Continuación del anterior

Capítulo XVII. Patria, amor y amistad

PARTE QUINTA

Capítulo I. Setiembre

Capítulo II. Santos Lugares

Capítulo III. Un vaso de sangre

Capítulo IV. Donde aparece, como aparece siempre, nuestro Don Cándido Rodríguez

Capítulo V. Pilades enojado

Capítulo VI. El contrabandista de hombres

Capítulo VII. El jefe de ronda

Capítulo VIII. La ballenera

Capítulo IX. La ronda federal

Capítulo X. Primavera de sangre

Capítulo XI. De cuarenta solo diez

Capítulo XII. La ley de hambre

Capítulo XIII. El traje de boda

Capítulo XIV. Asilo inglés

Capítulo XV. Mr. Slade

Capítulo XVI. De cómo Don Cándido Rodríguez era pariente de Cuitiño

Capítulo XVII. El reloj del alma

Capítulo XVIII. El velo de la novia

Capítulo XIX. El tálamo nupcial

Especie de epílogo



Fin de la novela Amalia

Nota del editor

Tomo II

Amalia es una de las novelas más populares de América Latina y, por mucho tiempo, fue requerida como lectura obligatoria en las escuelas argentinas. Fue escrita para protestar contra la dictadura de Juan Manuel de Rosas y para ilustrar los eventos políticos durante este régimen, pero la mayor popularidad de esta obra proviene de la narración de una bella historia de amor entre Eduardo y Amalia.

Amalia provee detalles vívidos de la vida bajo una dictadura combinada con diálogos vivos, drama y una trágica historia de amor. Escrita en 1851, en esta edición se ha mantenido la ortografía y acentuación del texto impreso original, excepto en algunos pocos casos en que claramente había errores tipográficos que fueron corregidos.

Explicación

La mayor parte de los personajes históricos de esta novela existe aun, y ocupa la posición política ó social que al tiempo en que ocurrieron los sucesos que van á leerse. Pero el autor, por una ficción calculada, supone que escribe su obra con algunas generaciones de por medio entre él y aquellos Y es esta la razón por que el lector no bailará nunca los tiempos presentes empleados al hablar de Rosas, de su familia, de sus ministros &a.

El autor ha creído que tal sistema convenía tanto á la mejor claridad de la narración, cuanto al porvenir de la obra, destinada á ser leída, como todo lo que se escriba, bueno ó malo, relativo á la época dramática de la dictadura argentina, por las generaciones venideras; con quienes entonces se armonizará perfectamente el sistema aquí adoptado, de describir bajo una forma retrospectiva personajes quemen en la actualidad.

Montevideo, Mayo de 1851.

PARTE TERCERA

(Continuación del Tomo I)

Capítulo XII

De cómo se leen cosas que no están escritas

En la mañana siguiente á la noche en que ocurrieron los sucesos que acaban de conocerse, es decir, en la mañana del 6 de Agosto, la casa del dictador estaba invadida de una multitud de correos de la campaña que se sucedían sin interrupción.

A ninguno de ellos se le detenía en la oficina. El general Corbalán tenía orden de hacer entrar á todos al despacho de Rosas. Y el edecán de Su Excelencia, con la faja á la barriga, las charreteras á la espalda, y el espadín entre las piernas, iba y venía por el gran patio de la casa, cayéndose de sueño y de cansancio.

La fisonomía del dictador sombría estaba como la noche lóbrega de su alma. El leía los partes de sus autoridades de campaña, en que le anunciaban el desembarco del general Lavalle, los hacendados que pasaban á encontrarlo con sus caballadas &a., y daba las órdenes que creía convenientes para la campaña, para su acampamiento general de Santos Lugares, y para la ciudad. Pero la desconfianza, esa víbora roedora en el corazón de los tiranos, infiltraba la incertidumbre y el miedo en todas sus disposiciones, en todos los minutos que rodaban sobre su vida.

Expedía una orden para que el general Pacheco se replegase al sur, y media hora después hacia alcanzar al chasque, y volaba una orden contraria.

Ordenaba que Maza marchase con su batallón á reforzar á Pacheco; y diez minutos después ordenaba que Maza se dispusiese á marchar con toda la artillería á Santos Lugares.

Nombraba jefes de día para el comando interior de las fuerzas de la ciudad; y cada nombramiento era borrado y sustituido veinte veces en el trascurso de un día: todo era así.

Su pobre hija, que había pasado en vela toda la noche, se asomaba de cuando en cuando al gabinete de su padre, á ver si adivinaba en su fisonomía algún suceso feliz que lo despejase del mal humor que le dominaba después de tantas horas.

Viguá había asomado dos veces su deforme cabeza por la puerta del gabinete que daba al cuarto contiguo al angosto pasadizo quo cortaba el muro, á la derecha del zaguán de la casa; y el bufón de Su Excelencia había conocido en la cara de los escribientes, que ese no era día de farsas con el amo; y se contentaba con estar sentado en el suelo del pasadizo, comiéndose los granos de maíz que saltaban hasta él del gran mortero en que la mulata cocinera del dictador machacaba, el que había de servir para la mazamorra; que era de vez en cuando uno de los manjares exquisitos con que regalaba el voraz apetito de su amo Rosas escribía una carta, y los escribientes muchas otras, cuando entró Corbalán, y dijo:

—¿Su Excelencia quiere recibir al señor Mandeville?

—Sí, que entre.

Un minuto después el ministro de Su Majestad Británica entró haciendo profundas reverencias al dictador de Buenos Aires, que sin cuidarse de responder á ellas, se levantó y le dijo:

—Venga por acá, pasando del gabinete á su alcoba.

Sentóse Rosas en su cama, y Mandeville en una silla á su izquierda.

—¿La salud de Vuestra Excelencia está buena? le preguntó el ministro.

—No estoy para salud, Señor Mandeville.

—Sin embargo, es lo más importante, contestó el diplomático pasando la mano por la felpa de su sombrero.

—No, Señor Mandeville, lo más importante es que los gobiernos y sus ministros cumplan lo que prometen.

—Sin duda.

—¿Sin duda? Pues su gobierno y usted, y usted y su gobierno, no han hecho sino mentir y comprometer mi causa.

—Oh, Excelentísimo Señor, eso es muy fuerte!

—Eso es lo que usted merece, Señor Mandeville.

—¿Yo?

— Sí, señor, usted. Hace año y medio que me está y usted prometiendo, á nombre de su gobierno, mediar ó intervenir en esta maldita cuestión de los franceses. Y es su gobierno, o usted, el que me ha engañado.

—Excelentísimo Señor, yo he mostrado á Vuestra Excelencia los oficios originales de mi gobierno.

—Entonces será su gobierno el que ha mentido. Lo cierto es que ustedes no han hecho un diablo por mi causa y que por culpa de los franceses hoy está Lavalle á veinte leguas de aquí, y toda a republica en armas contra mi gobierno.

—Oh, es inaudita la conducta de los franceses!

—No sea usted zonzo. Los franceses hacen lo que deben porque están en guerra conmigo. Son ustedes los ingleses los que me han hecho traición. ¿Para qué son enemigos de los franceses? ¿Para qué tienen tanto barco v tanta plata, si cuando llega el caso de proteger un amigo, les tienen miedo?

—Miedo no, Excelentísimo Señor; es que la conveniencia de la paz europea, los principios del equilibrio continental…

—Qué equilibrio ni qué diablos! Usted y sus paisanos pierden a menudo el equilibrio y nadie les dice nada. Traición y nada más que traición, porque todos son unos: ó quizá porque usted y todos sus paisanos son también unitarios como los franceses.

—Eso no, eso no, Excelentísimo Señor. Yo sor un leal amigo de Vuecelencia y de su causa. Y la prueba de ello la tiene Vuecelencia en mi conducta.

—¿En qué conducta, Señor Mandeville?

—En mi conducta de ahora mismo.

—¿Y qué hay ahora mismo?

—Ahora mismo estoy acá para ofrecer á Vuecelencia mis servicios personales en cuanto quisiera ocuparme.

—Y que haría usted si llegase el caso en que yo me viese perdido?

—Haría desembarcar fuerza de los buques de Su Majestad para proteger la persona de Vuecelencia y su familia.

—Bah! ¿Y usted cree que los treinta ó cuarenta ingleses que bajasen, habrían de ser respetados por el pueblo si se levantase contra mí?

—Pero si no fueran respetados las consecuencias serian terribles.

—Si! y á mí me habría de importar mucho que los ingleses bombardeasen la ciudad después que me hubiesen fusilado! Así no se protegen los amigos, Señor Mandeville

—Sin embargo... si yo fuera ministro inglés, si fuera Mandeville, y usted Juan Manuel Rosas, lo que yo haría sería tener una ballenera á todas horas a la orilla del bajo de la casa en que viviera, para cuando mi amigo Rosas llegase á ella, poder embarcarlo con facilidad.

—Oh, bien, bien, así lo haré.

—No, si yo no le digo que lo haga. Yo no necesito á ustedes para nada. Yo digo lo que haría en lugar de usted.

—Bien, Excelentísimo Señor. Los amigos de Vuecelencia velarán por su seguridad, mientras el genio y el valor de Vuecelencia velan por los destinos de este hermoso país, y de la causa tan justa que sostiene. ¿Vuecelencia ha tenido noticias de las provincias del interior?

—¿Y qué me importan las provincias. Señor Mandeville?

—Sin embargo, los sucesos en ellas...

—Los sucesos en ella no me importan un diablo. Usted cree que si yo venzo á Lavalle y lo echo derrotado á las provincias, tengo mucho que temer de los unitarios que se han levantado allá?

—Que temer, no; pero la prolongación de la guerra!

—Es lo que me daría el triunfo, Señor Mandeville; contra mi sistema no hay mas peligros que los inmediatos á mi persona; pero los que están lejanos y duran mucho, esos me hacen bien lejos de hacerme mal.

—Vuecelencia es un genio.

—A lo menos valgo más que los diplomáticos de Europa. ¡Pobre de la federación si hubiera de ser defendida por hombres como ustedes! ¿Usted sabe porqué á los unitarios se los llevó el diablo?

—Creo que sí, Excelentísimo Señor.

—No, señor, no sabe.

—Puede que esté equivocado.

—Sí, señor, lo está. Se los llevó el diablo porque se habían hecho franceses e ingleses.

—Ah! Las guerras locales!

—Las guerras nuestras, diga usted.

—Pues, las guerras americanas.

—No, las guerras argentinas.

—Pues, las guerras argentinas.

—Esas requieren hombres como yo.

—Indudablemente.

—Si yo venzo a Lavalle aquí, me río de todo el resto de la república.

—Vuestra Excelencia sabe que el general Paz ha marchado para Corrientes?

—No ve? No ve si son zonzos los unitarios?

—Cierto, el general Paz no hará nada.

—No. No es que hará nada. Puede hacer mucho. Son zonzos por otra cosa. Son zonzos porque uno se va por un lado, otro se va por otro, y están todos divididos y peleados, en vez de juntarse todos y venírseme encima como lo ha hecho Lavalle.

—Es la providencia, Excelentísimo Señor

—O el diablo. Pero usted quiso decirme algo de las provincias.

—Es verdad, Excelentísimo Señor.

—¿Y qué hay?

—Vuestra Excelencia no puede perder su tiempo en esas cosas.

—¿Pero en qué cosas, Señor Mandeville?

—¿Vuestra Excelencia no ha tenido noticias de La-Madrid, ni de Brizuela?

—Son viejas las que tengo.

—Yo he recibido algunas por Montevideo

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿Y viene usted á las doce del día á decírmelo?

—No, señor. Son las diez.

—Bueno, las diez.

—Yo siempre soy perezoso para lo que no dice relación con la prosperidad de Vuestra Excelencia.

—Luego, ¿son malas las noticias?

—Exageraciones de los unitarios.

—¿Y qué hay? Acabe usted, dijo Rosas con una inquietud malísimamente disimulada en su semblante.

—En mi correspondencia particular se me dice lo siguiente, dijo Mandeville sacando unos papeles de su bolsillo.

—Pero antes ¿quiere Vuestra Excelencia que lea?, agregó.

—Lea, lea.

El señor Mandeville leyó:

«A principios de Julio el general La-Madrid pisó el territorio de Córdoba.

«Una carta datada el 9 de Julio, en Córdoba, da el siguiente resumen de las operaciones del ejército de los unitarios:

«Madrid viene á la cabeza de tres mil quinientos hombres y diez piezas de artillería.

«El coronel Acha á la cabeza de nueve cientos catamarqueños ha campado en la Loma Blanca, estancia del finado Reynafé, limítrofe con Catamarca.

«El coronel Casanova se ha alzado con las milicias del Rio-Seco y el Chañar.

«El coronel Sosa con los coraceros de Santa Catalina, ha hecho igual movimiento.»

—Hasta aquí lo que hay en la carta relativo á las provincias.

—No es poco. Pero están muy lejos, contestó Rosas, á quien en efecto los sucesos de las provincias inquietaban poco, por cuanto tenia á sus puertas un peligro mayor en esos momentos.

—Oh, muy lejos! contestó el señor Mandeville.

—¿Y qué más le escriben á usted?

—Me adjuntan esta proclama de Brizuela.

—A ver, léala.

Dios y libertad!

El Gobernador y Capitán General de la Provincia de la Eioja, Brigadier JD. T. Brizuela á sus compatriotas.

«Hermanos y compatriotas! Las heroicas provincias de Tucumán, Salta, Jujuí y Catamarca irritadas con la presencia de los males que el tirano de Buenos Aires hace pesar sobre la república entera, y queriendo preservarla para siempre de las perfidias y asechanzas de aquel, han levantado su tremenda voz, y dicho: Viva la libertad argentina! muera el usurpador Rosas! Este grito tan análogo al corazón de los riojanos fue la chispa eléctrica que los inflamó, y el 5 del corriente mes de América, por el órgano de sus RR, respondieron y han jurado no permitir que los malvados osen poner su inmunda planta sobre el altar santo de la patria.

«Compatriotas! El usurpador D. J. M. Rosas, allá en el sangriento laboratorio de un alma depravada, tenía decretado el exterminio de la república: todas las provincias debían ser convertidas en hordas de salvajes habitantes del desierto. Los campeones de la libertad: los que dieron patria á tantos pueblos con su espada y su saber: los que hicieron clásica la tierra del sol, presentarían un espectáculo admirable al mundo viejo, por la perfidia del tirano Rosas quedarían errantes y sin término; y donde sobran recursos á las fieras y á las aves de rapiña, nuestros valientes, sus esposas y sus hijos, no encontrarían un solo árbol que les consolase con su sombra. Entretanto, volved la vista hacia el tirano: él ríe cuando la naturaleza y la humanidad lloran a su lado. El duerme tranquilo cuando la injusticia y el f puñal alevoso le hacen la centinela; él por fin se divierte y entretiene creando escarapelas y divisas de la sangre misma que hace verter. Esta pintura es horrible pero exacta.

«Paisanos! No permitamos que el sol de América, su Dios en otro tiempo, desde su alto zenit nos diga: “dejad esa tierra que no debéis pisar, no merecéis que os alumbre: los sepulcros que ha mas de tres cientos años abristeis son más dignos que vosotros de mi claridad y esplendor.” Amigos: no, no es posible; hagamos por no merecer tan humillante como justa reconvención; principiemos por ser libres, abramos las puertas á todos los desgraciados, enjuguémoslas lágrimas de tantas madres y esposas abandonadas á la orfandad y miseria, consolémoslas en su amargo llanto; pero enristremos nuestras lanzas contra los desnaturalizados que intentan sofocar en nuestro corazón tan dulce sentimiento. No confiemos más la suerte de nuestra patria á los caprichos y venganzas de un hombre solo; carguemos sobre nuestros propios hombros el peso grave de nuestros destinos. Los falta mucho es verdad, pero sabed que la sinceridad y la buena fe son preferibles á las letras dolosas y á la filosofía armada: premunidos con aquellas cualidades arrojémonos á plantear el árbol santo de la libertad, garantida por una constitución, ante la cual el grande, el pequeño, el fuerte el débil queden asegurados en sus derechos y propiedades.

«Tales son los votos que animan á vuestro compatriota y amigo.

«Tomas Brizuela.

«Está conforme — Ersilvengoa.»

—Bah, palabras bonitas de los unitarios!

—Oh, nada más! contestó el dócil ministro de la Gran Bretaña.

—¿Sabe algo más?

—La anarquía entre Rivera y los emigrados argentinos: entre Rivera y Lavalle; entre los amigos del gobierno delegado y Rivera, y entre todo el género humano continúa haciendo prodigios en la república vecina.

—Ya lo, sé ¿y de Europa? ‘

—¿De Europa?

—Sí, no hablo en griego.

—Creo, Excelentísimo Señor, que la cuestión de Oriente se ha complicado más, y que las oficiosidades del gobierno de mi Soberana darán una pronta y feliz solución á la injusta cuestión promovida por los franceses al gobierno de Vuecelencia.

—Eso mismo me decía usted hace un año.

—Pero ahora tengo datos positivos.

—Los de siempre;

—La cuestión de Oriente....

—No me hable más de eso, Señor Mandeville.

—Bien, Excelentísimo Señor.

—Que se los lleve el diablo á todos, es lo que yo deseo.

—Los negocios están muy gravemente complicados.

—Sí, está bueno ¿y no sabe más?

—Por ahora nada mas, Excelentísimo Señor. Espero el paquete.

—Entonces usted me dispensará, porque tengo que hacer, dijo Rosas levantándose.

—Ni un minuto quiero que pierda Vuecelencia su precioso tiempo.

—Sí, Señor Mandeville, tengo mucho que hacer, porque mis amigos no me saben ayudaren nada.

Y Rosas salió del cuarto llevando en pos de sí al señor Mandeville, más débil y sumiso y humillado que el último lacayo de la federación de entonces.

Más por un efecto de distracción que por civilidad, llosas acompañó al ministro hasta la puerta de su anti-gabinete, que daba al pasadizo, en cuya encontraron á Manuela dando órdenes á la mulata cocinera que continuaba en su faena del maíz.

Se deshacía Mandeville en cortesías y cumplimientos á la hija del restaurador, cuando Rosas, por una de esas súbitas inspiraciones de su carácter, mitad tigre y mitad zorro, mitad trágico y mitad cómico, con los ojos y con las manos hacia violentas señas á su hija, que con trabajo pudo al fin comprender la pantomima de su padre.

Pero la perplejidad quedó pintada en el semblante de la joven cuando comprendió lo que se le ordenaba hacer; no sabiendo, ni lo que contestaba al señor Mandeville, ni si debía ó no ejecutar la voluntad de su padre. Una mirada de él, sin embargo, amilanó el espíritu domeñado de Manuela; y esta primera víctima de su padre tomó de manos de la mulata la maza con que machacaba el maíz, y, enrojecido su semblante y trémulas sus manos, continuó en el mortero la operación de la criada.

—¿Usted sabe para qué es ese maíz que pisa mi hija, Señor Mandeville?

—No, Excelentísimo Señor, respondió el ministro paseando sus ojos alternativamente de Manuela á su padre, y de la cocinera á Viguá sentado al pié del mortero.

—Eso es para hacer mazamorra, dijo Rosas

—Ah!

—¿Usted no ha comido mazamorra?

—No, Excelentísimo Señor.

—Pero esta muchacha no tiene fuerzas. Toda la mañana se lo ha llevado en eso, y el maíz todavía está entero. Mírela, ya no puede de cansada. Vaya! levántese Su Reverencia, padre Viguá, y ayude un poco á Manuela, porque el señor Mandeville tiene las manos muy delicadas, y es ministro

—Oh, no, Señor Gobernador! Yo ayudaré con mucho gusto á la señorita Manuelita, dijo Mandeville acercándose al mortero y tomando la maza de manos de Manuela, que á una seña de su padre se la entregó sin vacilar, comprendiendo entonces la idea que Labia tenido, y sonriendo de ella.

El ministro de Su Majestad Británica Caballero Mandeville se dobló los puños de batista de su camisa, y empezó v á machacar el maíz á grandes golpes.

—Así; nadie diría que es inglés, sino criollo; así se pisa ¿ves, Manuela? Aprende, decía Rosas, saltándole el alma y la risa en el cuerpo.

—Oh! es una ocupación muy fuerte para una señorita! exclamó el señor Mandeville, siempre machacando y haciendo saltar una lluvia de fragmentos de maíz sobre el padre Viguá que se los devoraba con mucho gusto.

—Más fuerte, Señor Mandeville, más fuerte. Si el maíz no se quiebra bien, la mazamorra sale muy dura.

Y el ministro plenipotenciario y enviado extraordinario de Su Majestad la Reina del Reino Unido de la Gran Bretaña é Irlanda, continuaba machacando el maíz para la mazamorra del dictador argentino.

—Tatita!

Rosas le tiró el vestido á su bija para que callase y prosiguió:

—Si se cansa deje no más.

—Oh, no, Señor Gobernador, no! le contestó Mandeville dando cada vez más fuerte, y empezando á sudar por todos sus poros.

—¿A ver? Espérese un poquito, dijo Rosas acercándose al mortero y revolviendo los granos con su mano. Ya está, bueno; prosiguió después de examinar el maíz, esto es saber hacer las cosas.

Y á tiempo de concluir esas palabras, Doña María Josefa Ezcurra apareció en la escena.

—¿Le parece bien á Vuecelencia? preguntó Mandeville desdoblándose sus puñitos de batista, después de haber saludado á la recién venida.

—Muy bueno está, señor ministro. Manuela, acompaña al señor Mandeville, ó llévalo á la sala si quiere. Con que, basta siempre, mi amigo. Estoy muy ocupado, como usted sabe, pero yo siempre soy su amigo.

—Tengo mucho honor en creerlo así, Excelentísimo Señor, y yo no olvidaré lo que Vuecelencia haría en mi lugar, si yo estuviera en lugar de Vuecelencia, dijo el ministro marcando sus palabras para recordar á Rosas que tenia presente su proyecto de la ballenera.

—Haga usted lo que quiera. Buenos días.

Y Rosas se volvió á su gabinete acompañado de su cuñada, mientras el señor Mandeville daba el brazo á Manuela y pasaba con ella al gran salón de la casa.

—Buenas noticias, le dijo Doña María Josefa al entrar.

—¿De quién?

—De aquella ánima que se nos había escapado el 4 de Mayo.

—¿Lo han agarrado? preguntó Rosas resplandeciéndole los ojos.

—No.

—¿No?

—Pero lo agarraremos. Cuitiño es un bruto.

—¿Pero dónde está?

—A sentarnos primero, dijo la vieja, pasando con Rosas del gabinete á la alcoba.

Capítulo XIII

Cómo sacamos en limpio que D. Cándido Rodríguez se parecía a D. Juan Manuel Rosas

En esa misma mañana en que su señoría el señor ministro plenipotenciario de Su Majestad Británica machacaba el maíz para la mazamorra de Rosas, nuestro antiguo amigo Don Cándido Rodríguez se paseaba en el largo zaguán de su casa, cerca de la Plaza Nueva, metido entre su sobretodo color pasa que lo había acompañado en sus sustos del año de 1820; con un gorro blanco metido hasta las orejas, dos grandes hojas de naranjo pegadas con sebo en las sienes, unos viejos zapatos de paño que le servían de pantuflas, y las manos en los bolsillos del sobretodo.

Lo irregular de su paso, las ojeras que bordaban sus párpados, y las gesticulaciones repentinas en su fisonomía, daban á entender que había pasado mala noche, y que se hallaba en momentos de un diálogo elocuente consigo mismo.

Dos golpes dados á la puerta lo pararon súbitamente en sus paseos.

Se acercó á ella, miró por la boca-llave antes de preguntar quién era, y no viendo sino el pecho de una persona, se atrevió á interrogar con una voz notablemente trémula!

—¿Quién es?

—Soy yo, mi querido maestro.

—Daniel?

—Sí, Daniel, abra usted.

—¿Que abra?

—Sí, con todos los santos del cielo, eso es lo que he dicho.

—¿Eres tú, en efecto, Daniel?

—Creo que sí, hágame usted el favor de abrir y me verá.

—Oye: pon tu cara en línea recta, horizontal con el ojo de la llave, pero separado á una tercia ó media vara de él, para que yo pueda dirigir mi visual y conocerte.

Daniel tuvo- intención de dar una patada en la puerta y hacer saltar el picaporte, pero no pasó de intención y tuvo que hacer lo que su intransigible maestro le ordenaba.

—Ah! eres tú, en efecto! dijo Don Cándido, y abrió la puerta.

—Sí, señor, yo soy; yo que tengo demasiada paciencia con usted.

—Espera, detente Daniel, no sigas más adelante, exclamó Don Cándido tomando la mano á su discípulo.

—¿Qué diablos significa esto, Señor Don Cándido? ¿Por qué no puedo seguir más adelante?

—Porque quiero que entres aquí á este cuarto de Nicolasa, respondió Don Cándido señalando la puerta de una habitación que daba al zaguán.

—Ante todas cosas ¿ha sucedido algo?

—Nada, pero ven al cuarto de Nicolasa.

—¿Es usted el que va á hablarme ahí?

—Yo, yo mismo.

—Malo.

—Cosas muy serias.

—Peor.

—Yen, Daniel.

—Con una condición.

—Impón, ordena.

—Que la conversación no pasará de dos ó tres minutos.

—Ven, Daniel.

—¿Acepta usted?

—Acepto, ven.

—Vamos allá.

Y Daniel llevado por la mano de su antiguo maestro entró al cuarto de la provinciana sirvienta de él, y sentóse sobre una vieja silla de vaqueta.

Don Cándido se paró á su lado y extendiendo el brazo le dijo:

—Tómame el pulso, Daniel.

—¿Yo?

—Sí, tu.

—¿Y qué diablo quiere usted que haga yo con su pulso?

—Ver la fiebre que me devora, que me consume, que me abrasa desde anoche. ¿Qué quieres hacer de mí, Daniel? ¿Qué hombre es este que has metido en mi casa?

—Ahora salimos con esas! ¿No lo conoce usted ya?

—Lo conocí de niño, como te conocí á ti y á tantos otros, cuando era infante, tierno é inocente como todos los niños. ¿Pero sé yo acaso cuál es su vida actual, cuáles sus opiniones, cuáles sus compromisos? ¿Puedo creer que es un inocente, cuando me lo traes entre el lóbrego misterio de la noche, y cuando me ordenas que nadie lo vea y que á nadie hable de este asunto? ¿Puedo creer que es un amigo del gobierno, cuando lo veo sin una sola de las divisas federales, y con una corbata blanca y celeste? ¿No debo deducir de todo esto, por una lógica concluyente, que aquí hay alguna intriga] política, alguna conspiración, algún complot, alguna revolución! en que yo estoy tomando parte sin saberlo y sin quererlo; yo un hombre pacífico, tranquilo y sosegado; yo que por mi grave1 y circunspecta posición actual como secretario de Su Excelencia el señor ministro Arana, que es un hombre excelente como su señora y toda su respetabilísima familia y hasta sus criados, debo ser por fuerza, por necesidad, circunspecto y leal á mis deberes oficiales? ¿Te parece?

—Me parece que usted ha perdido el juicio, Señor Don Cándido, y como yo no quiero perder el mío, ni perder mi tiempo, bueno será que demos por concluida nuestra conferencia, y me permita usted pasar á ver á Eduardo.

—¿Pero hasta cuándo va á estar en mi casa?

—Hasta que Dios quiera.

—Pero eso no puede ser.

—Eso será, sin embargo.

—Daniel!

—Señor Don Cándido, mi distinguido maestro, recapitulemos en dos palabras la posición de todos.

—Sí, recapitulemos.

—Óigame usted: para escudarse de los peligros que la federación le pudiera hacer correr á usted en la época actual, lo he colocado de secretario privado del señor Arana ¿no es cierto?

—Exactamente.

—Bien, pues; el señor Arana y todos sus secretarios, es muy probable que sean colgados de un día á otro, no por orden de las autoridades, sino por orden del pueblo que puede levantarse contra Prosas de un momento á otro.

—Oh! exclamó Don Cándido, abriendo tamaños ojos.

—Colgados, sí, señor, repitió Daniel.

—¿Los secretarios también?

—También.

—¿Sin ser por equivocación?

—Sin ser por equivocación.

—Es espantoso!

—Los secretarios junto con el ministro.

—De manera, que si dejo mi empleo de secretario, la Mashorca me degüella; y si no lo dejo, el pueblo me ahorca; y todavía, en cualquiera de los dos casos, me puede suceder una desgracia por equivocación.

—Exactamente, eso sí es lógica.

—Lógica de los infiernos, Daniel; lógica que me va á costar la vida, por tu causa!

—No, señor, no le costará á usted nada, si usted hace cuanto yo quiero.

—¿Y qué he de hacer? habla.

—Voy á ponerle á usted el dilema en otro sentido: estamos en el momento de crisis; en ella, ó Rosas ha de triunfar de Lavalle, ó Lavalle de Rosas, no es así?

—Cierto, así es.

—Bien pues: en el primer caso, usted tiene en Don Felipe Arana un apoyo para continuar en su próspera fortuna- y en el segundo, usted tiene en Eduardo la mejor tijera para cortar la soga del pueblo.

—¿En Eduardo?

—Sí, y no hay más que hablar sobre esto, ni repetirlo.

—De modo que...

—De modo que usted tiene que guardar á Eduardo en su casa hasta que yo determine.

—Pero...

—Otro hombre menos generoso que yo, compraría el secreto de usted, diciéndole: Señor Don Cándido, muy buena está la orden del ejército de Lavalle que me ha dado usted anoche copiada de su puño y letra, y á la menor indiscreción! suya, ese documento irá á manos de Rosas, Señor Don Cándido...

—Basta, basta, Daniel!

—Bien, basta. ¿Entonces estamos de acuerdo?

—De acuerdo. ¡Oh Dios mío, yo estoy como Rosas; soy igual á él en organización, está visto! exclamó Don Cándido paseándose precipitadamente por el cuarto de Nicolasa, y apretándose contra las sienes los parches de naranjo.

—¿Que usted es igual á Rosas en organización?

—Sí, Daniel, idéntico.

—Diablo! ¿Me hace usted el favor de explicarme eso, Señor Don Cándido? Porque si es así, entre Eduardo y yo podríamos hacer ahora mismo un gran servicio á la humanidad.

—Sí, Daniel, igual, igual, dijo Don Cándido, sin comprender la burla de Daniel.

—Pero igual en qué?

—En que tengo miedo Daniel: miedo de cuanto me rodea.

—Hola! ¿Y usted sabe que el señor gobernador tiene miedo?

—Sí, lo sé. Ayer á la oración mientras yo escribía, es decir, mientras sacaba copias de los documentos que te enseñé más tarde; porque siguiendo tus órdenes, saco siempre una copia de mas, el señor ministro conversaba muy quedito con el señor Garrigós y ¿sabes lo que le decía?

Si usted no me lo dice, no creo que podré adivinarlo.

—Le decía que el señor gobernador había hecho poner á bordo de la Acteon cuatro cajones de onzas; y que estaba viendo el momento en que Su Excelencia se embarcaba porque tiene miedo de la situación que le rodea.

—Hola!

—Esas son las palabras textuales del señor ministro.

—Diablo!

—Y eso es lo mismo que siento yo: miedo de la situación que me rodea.

—¿También, eh?

—También, sí. Y es por eso que he dicho que me parezco á Su Excelencia, porque es muy explicativo, muy elocuente, muy terminante, el que en unos mismos momentos él y yo sintamos unas mismas impresiones.

—Cierto, dijo Daniel pensando en las palabras de Don Cándido.

—Y ese fenómeno no tendría lugar si él y yo no tuviésemos organizaciones idénticas, iguales, igualmente impresionables.

—¿Con que, cuatro cajones de onzas, á bordo de la Acteon?

—Cuatro cajones.

—¿Y que tiene miedo?

—Miedo, eso fue lo que dijo.

—¿Y el señor Arana, no dijo alguna cosa relativa á él?

—Claro está que dijo, porque el señor ministro tiene una lógica tan concluyente como la mía: «Es preciso que pensemos también en nosotros, amigo mío, le dijo á Garrigós. Nosotros no hemos hecho mal á nadie; al contrario, hemos hecho todo el bien que hemos podido; pero será bueno que tratemos de embarcarnos inmediatamente que el señor gobernador lo haga.» Y esto es lógico Daniel; así como yo digo, que si siento que el ministro se embarca, me embarco yo, aunque sea por el Riachuelo, y para irá la Isla de Casajema.

—¿Y Garrigós dijo algo?

—Fue de distinta opinión.

—¿Opinaba el quedarse?

—No: trató de demostrar á Don Felipe, al señor ministro quise decir, que lo más prudente era no esperar á que el gobernador se embarcase, en el caso que la situación se fuera haciendo más peligrosa. Pero á lo último continuaron hablando tan despacio que no pude oír mas.

— Sin embargo, es preciso que otra vez tenga usted los oídos más abiertos.

—¿Estás incomodado, mi querido y estimado Daniel?

—No, señor, no. Pero así como yo lleno á usted de garantías presentes y futuras, quiero de usted circunspección v servicios activos.

—Cuanto yo pueda, Daniel ¿Pero crees que corro peligro actualmente?

—Ninguno.

—¿Eduardo estará muchos días aquí?

—¿Tiene usted una completa confianza en Nicolasa?

—Como de mí mismo. Odia á toda esta gente desde que le mataron á su hijo, á su bueno, á su leal, á su tierno hijo; y desde que ha sospechado que Eduardo está escondido, lo sirve con mas prolijidad que á mí, con mas esmero, con mas puntualidad, con

—Vamos á ver á Eduardo, señor Don Cándido.

—Vamos, mi querido y estimado Daniel: está en mi gabinete.

Capítulo XIV

Los dos amigos

—Vamos, pero hasta la puerta del gabinete solamente, porque yo soy el médico del alma de ese hombre, y sabe usted que los médicos tienen siempre que hablar solos con sus enfermos.

—Ah, Daniel!

—¿Qué hay, señor?

—Nada, entra; pasa adelante; yo me voy á la sala, dijo Don Cándido al entrar Daniel al lugar clasificado de gabinete, y volviendo sobre sus pasos.

—Buen día, mi querido Eduardo, dijo Daniel á su amigo sentado en la vieja poltrona de Don Cándido, delante á su mesa de escribir.

—Bien podías haberme tenido hasta mañana en esta maldita cárcel sin saber una palabra de nadie, dijo Eduardo.

—Ah, ¿empezamos por reconvenciones?

—Me parece que tengo razón: son las diez de la mañana.

—Cierto, las diez.

—Y bien ¿qué es de Amalia?

—Muy buena está, gracias á Dios, pero no gracias á ti, que haces todo lo posible por que lo pase mal.

—¿Yo?

—Tú, sí; y ahí está la prueba, dijo Daniel señalando ocho ó diez pliegos de papel dispersos sobre la mesa, en cada uno de los cuales había el nombre de Amalia veinte ó treinta veces escrito á lo ancho, á lo largo, al sesgo, de todos modos, y con infinitas formas de letra.

—Ah! exclamó Eduardo, poniéndose colorado y juntando todos los papeles.

—Tú te entretenías en esto, mi querido Eduardo, y nada más natural: pero en tu situación es preciso que á lo conveniente ceda el lugar lo natural: y como conviene que nadie sepa que tienes tanto amor á ese nombre, buena será hacer esto, dijo Daniel tomando los papeles de mano de Eduardo, enrollándolos y tirándolos á una vieja chimenea que se encendía quince ó veinte días en cada invierno en el gabinete de Don Cándido, para secar la humedad de las paredes, según él decía, porque el fuego continuo le hacía mal; encendida ese día por consideraciones á su huésped por fuerza.

—Bien, te concedo que tienes razón, Daniel, pero yo quiero volverme á Barracas ahora mismo.

—Comprendo que lo quieras.

—Y lo haré.

—No, no lo harás.

—¿Y quién me lo impedirá?

—Yo.

—Oh, caballero, eso es abusar demasiado de la amistad.

—Si usted lo cree así, Señor Belgrano, nada más sencillo entonces.

—¿Cómo?

—Que usted puede irse á Barracas cuando quiera, pero debo prevenirle que cuando usted llegue, se encontrará solo en la casa, porque mi prima no estará en ella.

—Por Dios! Daniel, por Dios! no mortifiques mas mi situación! Yo no sé lo que digo.

—Yaya! al cabo has dicho una cosa racional, y ahora que has empezado á tener razón, oye todo lo que hay.

Y Daniel refirió sucintamente á Eduardo todas las ocurrencias de la noche anterior, como también la invasión del general Lavalle.

—Cierto, cierto. Yo no puedo ya habitar en Barracas sin comprometerla! dijo Eduardo poniendo el codo sobre la mesa y reclinada su frente en la palma de su mano.

—Eso es hablar con juicio, Eduardo. Hoy no hay otro medio de salvar á Amalia que poniéndote lejos de la mano de Rosas, porque aun cuando yo pudiera salvarla de los insultos de la Mashorca, ó de una medida torpe del tirano, yo no tendría poder para libertarla de los rigores de su propia organización, si te acaeciera una desgracia. Amalia está apasionada. Su naturaleza sensible y su imaginación exaltada la llevarían al último estreno de la vida, ó del infortunio, si llegase hasta su corazón una sola gota de tu sangre.

—¿Y qué hago, Daniel, qué hago?

—Desistir de la idea de verla por algunos días.

—Imposible.

—La pierdes entonces.

—¿Yo?

—Oh! no puedo, no!

—No la amas, entonces.

Que no la amo! Oh! sí, sí; no la amo como ella se merece ser amada, porque para Amalia se necesita un Dios, y soy un hombre; ella se merece el amor del cielo y de la tierra, y yo no puedo darla sino el amor de mi alma. Ah! Daniel, desde anoche me parece que me falta la luz, porque sus ojos no la derraman sobre los míos; me parece que me falta el aire de mi existencia, porque no lo aspiro en sus alientos. Que no la amo! Oh! Dios mío, Dios mío! exclamó Eduardo ocultando su frente entré sus manos.

Un momento de silencio se estableció entre los jóvenes. Daniel respetaba en ese momento esa noble pasión del amor, obra de Dios para las almas generosas y grandes, que él sentía también aunque sin la exaltación de su amigo; porque ni el amor por su Florencia tenia obstáculos que le irritasen, ni su espíritu estaba ajeno á otras nobles y grandes impresiones que le distraían; ni él tenía tampoco la organización reconcentrada de Eduardo, en la cual, por esa desgraciada condición, las pasiones, la felicidad y la desgracia, obraban sus efectos con más poder.

—Pero no; esto es ser demasiado débil. ¿Qué es lo que decías que debo hacer, Daniel? dijo Eduardo sacudiendo su cabeza, echando atrás las hebras de sus cabellos de ébano que caían sobre sus sienes pálidas, y mirando tranquilamente á su amigo.

—No ver á Amalia en algunos días.

—Bien.

—Si los sucesos políticos alcanzan pronto el fin que les deseamos, entonces todo está ganado en tus negocios.

—Sí, cierto.

—Si por el contrario, los sucesos no alcanzan ese fin, es necesario entonces que emigres.

—¿Solo?

—No, no irás solo.

—¿Irá Amalia? ¿Crees que quiera seguirme?

—Sí, lo creo perfectamente. Pero además de Amalia irán otras personas de tu relación.

— Oh! Sí, vamos al extranjero, Daniel; el aire de la patria mata á sus hijos hoy, nos sofoca.

—No importa, es necesario respirarlo como se pueda hasta haber perdido toda esperanza.

—¿Pero, y si los sucesos se demoran mucho tiempo?

—No es posible.

—Nada más fácil de suceder sin embargo. Un contratiempo cualquiera puede detener las operaciones de Lavalle, y entonces...

—Entonces todo se habrá perdido; porque la demora es la ruina para Lavalle, en el estado actual de las cosas.

—Pero, no, amigo mío, no estará perdido; y porque no estará, estaremos todos los días esperando que al siguiente entre Lavalle.

—Lo esperarán otros, pero yo no, Eduardo. El personal del ejército libertador es infinitamente inferior en número al de Rosas. Y los recursos de este son en relación de mil á uno, comparados con los de nuestro bravo general. En favor de este, pues, no hay más que la impresión moral que ha causado su inesperada presencia en la provincia, y los antecedentes casi romancescos de su valor personal, y del entusiasmo de sus jóvenes soldados. Pero si el momento de esa impresión se pierde, todas las probabilidades estarán entonces en contra de la cruzada.

—Pero bien; supongamos el caso de una prolongación de tiempo en la guerra ¿cómo vivir entonces separado de Amalia tanto tiempo, Daniel?

—Si llegara ese caso, la verías, pero no en Barracas.

—¿Puedo entrar un momento, mis queridos y estimados discípulos? dijo Don Cándido, asomando la borlita de su gorro blanco por la puerta del gabinete, que entreabrió.

—Adelante, mi querido y estimado maestro, dijo Daniel.

—Hay una novedad, Daniel, una ocurrencia, una cosa.

—¿Usted me hará el favor de decírmela de una vez, Señor Don Cándido?

—Es el caso que yo me paseaba en el zaguán, porque cuando tengo un poco de dolor de cabeza como al presente, me hace bien el pasearme, como también el ponerme unos parches de hojas de naranjo. Porque habéis de saber, hijos míos, que las hojas de naranjo con sebo tienen sobre mi organización la virtud específica...

—De mejorar á usted y enfermar á los otros. ¿Qué es lo que hay? preguntó el impaciente Daniel.

—A eso camino.

—Pero llegue usted de una vez, con todos los santos!

—Ya llego, genio de pólvora; ya llego. Me paseaba en el zaguán, decía, cuando sentí que alguien se paró á la puerta. Me acerqué indeciso, vacilante, dudoso. Pregunté quién era. Me convencí de la identidad de la persona que me respondió? y entonces abrí; ¿quién te parece que era, Daniel?

—No sé, pero me alegraría de que hubiese sido el diablo, Señor Don Cándido, hijo Daniel dominando su impaciencia como era su costumbre.

—No, no era el diablo, porque ese parece que no se desprende de mi levita hace tiempo. Era Fermín, tu leal, tu fiel, tu...

—¿Fermín está ahí?

—Sí. Está en el zaguán, dice’ que quiere hablarte.

—Acabara usted, con mil bombas! exclamó Daniel saliendo apresuradamente del gabinete.

—Qué genio! Se ha de perder, se va de estrellar contra el destino. Oye tú, Eduardo; tú que pareces más circunspecto, aun cuando después que saliste de la escuela en que eras quieto, tranquilo, estudioso, no he tenido la satisfacción de tratarte; es necesario que tengas mucha cautela en la situación actual. Dime: ¿por qué no entras hoy mismo á estudiar con los jesuitas y te entregas á la carrera eclesiástica?

—¿Señor, me hace usted el favor de dejarme el alma en paz?...

—Ay, malo! ¿También eres tú como tu amigo? ¿Y qué pretendéis jóvenes extraviados en la carrera tortuosa, en la pendiente rápida en que os habéis lanzado?

—Pretendemos que nos deje usted solos un momento, Señor Don Cándido, dijo Daniel que entraba al gabinete á tiempo que su respetable maestro de primeras letras empezaba la interrumpida frase de su valiente apostrofe.

—¿Nos amenaza algún peligro, Daniel? preguntó D. Cándido, mirando tímidamente á su discípulo.

—Ninguno absolutamente. Son asuntos míos y de Eduardo.

—Pero es que nosotros tres estamos hoy formando un solo cuerpo indivisible.

—No importa, lo dividiremos momentáneamente. Háganos usted el favor de dejarnos solos.

—Quedad, dijo Don Cándido extendiendo su mano en el aire en dirección á los dos jóvenes, y saliendo pausadamente del gabinete.

—El negocio se vuelve más serio, Eduardo.

—¿Qué hay?

—Algo de Amalia.

—Oh!

—Sí, de Amalia. Acaba de recibir aviso de que dentro de una hora la policía la hará una visita domiciliaria, y me lo manda decir con Fermín, á quien yo había mandado á Barracas, antes de venir á verte.

—¿Y qué hacemos, Daniel? Pero oh, cómo pregunto qué hacemos! Daniel, me voy á Barracas.

—Eduardo, no es tiempo de hacer locuras. Yo amo mucho a mi prima para permitir á nadie el que arroje sobre ella la desgracia, dijo Daniel con un tono y una mirada tan seria que hicieron una fuerte impresión en el ánimo de Eduardo.

—Pero yo soy la causa de los insultos a que esa señora se ve expuesta, y soy yo, caballero, quien deba protegerla, contestó Eduardo con sequedad.

—Eduardo, no hagamos locuras, repitió Daniel, volviendo á la dulzura natural con que trataba á su amigo, no hagamos locuras. Si se tratase de defenderla de un hombre, de dos hombres, de más que fuesen, con la espada en la mano, yo le dejaría muy tranquilo el placer de entretenerte con ellos. Pero es del tirano y de todos sus secuaces de quienes debemos defenderla-, y para con ellos tu valor es impotente; tu presencia les daría mayores armas contra Amalia, y no conseguirías libertar, ni tu cabeza, ni la tranquilidad de mi prima.

—Tienes razón

—Déjame obrar. Yo voy á Barracas en el acto; y á la fuerza yo opondré la astucia, y trataré de extraviar el instinto de la bestia con la inteligencia del hombre.

—Bien, anda, anda pronto.

—Tardaré diez minutos en llegar a mi casa a tomar mi caballo, y en un cuarto de hora estaré en Barracas

—Bien: ¿y volverás?

—Esta noche

—Dila...

—Que te conservas para ella.

—Dila lo que quieras, Daniel, dijo Eduardo, dándose vuelta, porque sin duda en sus ojos había algo que quería ocultar á la mirada de su amigo. Jamás un hombre apasionado como Eduardo, con su valor y su generosidad, puede haberse encontrado en situación más difícil: veía en peligro á la bien amada de su alma, en peligro por él, y no podía defenderla, sino agravar su desgracia.

Cuando volvió de su primer paseo en la habitación, ya no halló á Daniel en el gabinete.

Eran las once de la mañana, y Don Cándido empezó á vestirse para ir á la secretaría privada del señor Don Felipe.

Capítulo XV

Amalia en presencia de la policía

Daniel llegó á su casa, montó en su soberbio alazán, y partió á gran galope para Barracas, tomando los peores calles de la ciudad para no encontrar obstáculos de tránsito que lo detuviesen, pues los del terreno los salvaba siempre sin dificultad el superior caballo que montaba pero todo era inútil, porque iba á llegar tarde á la quinta.

Cuando á las nueve de la mañana Daniel había dejado á su prima, para dirigirse á la ciudad, había dado orden á Fermín que lo esperase en Barracas, previniéndole las casas en que lo encontraría en caso que ocurriese alguna novedad.

Una ocurrió en efecto. Poco rato después de su partida llegó á la quinta una carta para Amalia, en que se le anunciaba una visita de la policía, y la joven mandó dar aviso á Daniel de este suceso, por cuanto ella desconfiaba de su prudencia en presencia del insulto que iba á hacerse á su casa.

Pasó inmediatamente al cuarto que ocupaba Eduardo. Tomó de sobre una mesa algunas traducciones del inglés en que solía entretenerse el joven; y convencida de que no había un solo objeto que pudiese revelar en ese aposento lo que probablemente venia á buscar la policía, volvió á la sala, echó los papeles á la chimenea, y se paseaba con esa inquietud natural á los que esperan de un momento á otro ser actores en una escena desagradable, cuando sintió parar varios caballos á la puerta de la quinta. Y esto sucedió cinco ó seis minutos después de la partida de Fermín; mucho antes, pues, de lo que Amalia creía.

Mujer, sola, rodeada de peligros que se extendían desde ella hasta el ser amado de su corazón, la naturaleza se expresó en ella con sinceridad: pálida y débil se echó en un sillón, haciendo esfuerzos, sin embargo, para sobreponerse á sí misma.

Don Bernardo Victorica, un comisario de policía y Nicolás Mariño se presentaron en la sala introducidos por Pedro.

Victorica, ese hombre aborrecido y temido de todos los que en Buenos Aires no participaban de la degradación de la época, era sin embargo, menos malo de lo que generalmente se creía. Y sin faltar jamás á la severidad que le prescribían las órdenes del dictador, se portaba, toda vez que podía hacerlo sin comprometerse, con cierta civilidad, con una especie de semi-tolerancia, que hubiera sido un delito á los ojos de Rosas, pero que era empleada por el jefe de policía, especialmente cuando tenía que ejercer sus funciones sobre personas á quienes creía comprometidas por alguna delación interesada, ó por el excesivo rigorismo del gobierno.

Con el sombrero en la mano, y después de hacer una profunda reverencia, dijo á Amalia:

—Señora, soy el jefe de policía, tengo que cumplir el penoso deber de hacer un escrupuloso registro en esta casa; es una orden expresa del señor gobernador.

—¿Y estos otros señores vienen también á registrar mi casa? preguntó Amalia señalando hacia Mariño y al comisario de policía.

—El señor, no, contestó Victorica indicando á Mariño, este otro señor es un comisario de policía.

—¿Y puedo saber á quién, ó qué se viene á buscar á mi casa, de orden del señor gobernador?

—Dentro de un momento se lo diré á usted, respondió Victorica, con una fisonomía muy seria, pues que él y sus compañeros estaban de pié, sin haber recibido de Amalia la mínima indicación de sentarse.

Ella tiró el cordón de la campanilla, y dijo á Luisa que apareció al momento:

—Acompaña á este señor, y ábrele todas las puertas que te indique.

Victorica hizo un saludo á Amalia, y siguió á Luisa por las piezas interiores.

Acompañado del comisario pasó al gabinete de lectura, y luego al suntuoso aposento de la joven. El jefe de policía que era hombre de tan delicado gusto, que pudiese fijarse en todos los primores que encerraba aquel adoratorio secreto donde había penetrado más de una vez la mirada enamorada de Eduardo, al través de las tenues neblinas de batista y tul que cubrían los cristales. Pero entretanto, Victorica tenía muy buenos ojos para no ver que cuanto allí había, estaba descubriendo el poco amor de los dueños de aquella casa á la santa causa de la federación.

Tapices, colgaduras, porcelanas, todo se presentaba á los ojos del jefe de policía con los colores blanco y celeste; blanco y azul; celeste, ó azul solamente. Y las pobladas cejas del intransigible federal empezaban á juntarse y endurecerse.

—Bien puede ser que aquí no baya nadie oculto, como me lo asegura Mariño; pero á lo menos no será porque en esta casa no haya unitarios, se decía á sí mismo.

Pasó luego al tocador de Amalia, y sus ojos quedaron deslumbrados con la magnificencia que se le presentaba.

—A ver, niña, abre esos roperos, dijo á Luisa.

—Y ¿qué va usted á ver en los roperos de la señora? preguntó la pequeña Luisa, alzando su linda cabeza y mirando cara á cara á Victorica.

—Hola! Abre esos roperos te he dicho.

—Pues es curiosidad! Vaya, ya están abiertos, dijo Luisa abriendo las puertas de los guarda-ropas con una prontitud y una acción de enojo, que hubiera hecho sonreír á otro cualquiera que no fuese el adusto personaje que la miraba.

—Bien, ciérralos.

—¿Quiere usted ver si hay alguien escondido en los bebederos de los pájaros? dijo Luisa señalando las jaulas doradas de los jilgueros.

—Niña, eres muy atrevida, pero tu edad me hace perdonarte. A ver, abre esta puerta.

—¿Esta?

—Sí.

—Esta puerta da á mi aposento.

—Bien, ábrela.

—No hay nadie en él.

—No importa, ábrela.

—¿Yo? no, señor, no la abro. Ábrala usted, ya que no cree en mi palabra.

Victorica miró largo rato á aquella criatura de diez ú once años que osaba hablarle de ese modo, y en seguida levantó el picaporte de la puerta, y entró al dormitorio de Luisa.

—Ven, niña, la dijo viéndola que se quedaba en el tocador.

—Iré si manda usted á este señor que vaya también con nosotros, dijo Luisa señalando al comisario que se entretenía en examinar los pebeteros de oro.

El comisario echó sobre ella una mirada aterradora, que no consiguió, sin embargo, aterrar á la intrépida Luisa, y volviendo el pebetero á la rinconera, volvió á seguir los pasos de Victoria.

—Señor, no me revuelva usted mi cama. Después no se vaya usted á enojar si le quiero enseñar el bebedero de los pajaritos, dijo á Victoria al verlo levantando la colcha de la cama y mirando bajo de ella.

—¿Adonde da esta puerta?

—Al patio.

—Ábrela.

—Tire usted no mas, está abierta.

Una vez en el patio, Victoria hizo una seña al comisario, que por la verja de fierro se dirigió á la quinta; y él y Luisa se dirigieron á aquella parte del edificio en que estaban las habitaciones de Eduardo, y el comedor.

—¿Quién habita en este cuarto? preguntó Victorica examinando el de Eduardo.

—E1 señor Don Daniel cuando viene á quedarse, contestó Luisa sin la mínima turbación.

—Y ¿cuántas veces por semana sucede eso?

—La señora me ha mandado que le enseñe á usted la casa, y no que le dé cuenta de lo que pasa en ella Puede usted preguntárselo á la señora.

Victoria se mordió los labios no sabiendo qué hacer con aquella muchacha, y pasó á otra habitación, y por último al comedor sin haber encontrado cosa alguna que le diese indicios de lo que buscaba.

Durante se ejecutaba esta pesquisa policial, en el modo y forma adoptada por la dictadura, una escena bien diferente, pero no menos interesante, tenía lugar en la sala.

Luego que Victoria y el comisario pasaron á las piezas interiores, Amalia, sin levantar los ojos á honrar con su mirada la fisonomía de Mariño, le dijo:

—Puede usted sentarse, si tiene la intención de esperar -te señor Victoria.

Amalia no estaba rosada, estaba punzó en aquel momento.

Mariño por el contrario, estaba pálido y descompuesto en presencia de aquella mujer cuya belleza fascinaba, y cuyas maneras imperiosas y aristocráticas, podemos decir, imponían.

—Mi intención, dijo Mariño, sentándose á algunos pasos de Amalia, mi intención ha sido la de prestar á usted un servicio, señora, un gran servicio en estas circunstancias.

—Mil gracias! contestó Amalia con sequedad.

—¿Ha recibido usted mi carta esta mañana?

—He recibido un papel firmado por Nicolás Mariño, que supongo será usted.

—Bien, contestó el comandante de serenos, dominando la impresión que le causó la desdeñosa respuesta de la joven. En esa carta, en ese papel, como usted lo llama, me apresuré á participar á usted lo que iba á ocurrir.

—¿Y puedo saber con qué objeto se tomó usted esa incomodidad, señor?

—Con el objeto de que tomase usted las medidas que su seguridad le aconsejase.

—Es usted demasiado bueno para conmigo: pero demasiado malo para con sus amigos políticos, pues que les hace usted traición.

—Traición!

—Me parece que sí.

—Eso es muy fuerte, señora.

—Sin embargo, ese es el nombre.

—Yo trato de hacer siempre todo el bien que puedo.

Además, yo sabía que desde anoche no podía haber ningún hombre en esta casa, después de la visita de Cuitiño. Doña María Josefa Ezcurra, sin embargo, que tiene un empeño especial en perseguir esta casa, mientras yo lo tengo en protegerla, fue esta mañana á dar parte al señor gobernador de que aquí se ocultaba una persona que es buscada ha mucho tiempo por la autoridad.

Su Excelencia mandó llamar al señor Victorica, le dio la orden que está cumpliendo, y yo que tuve la suerte de saber lo que ocurría, no perdí un instante en comunicárselo á usted, decidiéndome también á acompañar al señor Victoria, por si tenía la suerte de poder librar á usted de algún compromiso. Esta es mi conducta, señora; v si hago una traición á mis amigos, la causa porque así procedo me justifica plenamente.

Esa causa es santa; nace de una simpatía instantánea que sentí por usted desde que tuve la dicha de conocerla. Desde entonces mi vida entera está consagrada á buscar los medios de acercarme á esta casa; y mi posición! mi fortuna, mi influencia...

—Su posición y su influencia de usted no impedirán que yo le deje solo, cuando no comprenda que su presencia me fastidia, dijo Amalia parándose, separando la silla en que estaba sentada, y pasando al gabinete de lectura, y de este á su alcoba, donde sentóse en su sofá, radiante de belleza y de orgullo.

—Ah, yo me vengaré, perra unitaria! exclamó Mariño pálido de rabia.

Pocos momentos hacia que la altanera tucumana estaba sola en su aposento por no sufrir las impertinencias de Mariño, cuando Victoria, que volvía con Luisa, por el mismo camino que había andado ya, se encontró de nuevo con Amalia.

—Señora, la dijo, he cumplido ya la primera parte de las órdenes recibidas; y, felizmente para usted, podré decir á Su Excelencia, que no he encontrado en esta casa la persona que he venido á buscar.

—¿Y puedo saber qué persona es esa, señor jefe de policía? ¿Puedo saber porque se me hace el insulto de registrar mi casa?


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